Más cuento que Calleja

María Goicoechea - Universidad Complutense de Madrid

Durante más de cien años la editorial Calleja ha aportado tanto a la lectura que ya cuenta con su propio dicho: “tienes más cuento que Calleja”. De esta manera, el nombre de Saturnino Calleja (Burgos, 1853 - Madrid, 1915), su fundador, ha entrado a formar parte no solo de la lengua sino del patrimonio cultural de millones de hispanohablantes. Su visión editorial fue pionera en muchos aspectos. Cuidó por igual el texto, su formato y las ilustraciones. Buscó los mejores cuentos por todo el mundo y a través de las épocas, privilegiando la imagen como una herramienta perfecta para “instruir deleitando”. Facilitó el acceso a la lectura a personas con distinta capacidad económica, gracias a sus colecciones de libros de diversos tamaños y tipos de encuadernado. Trató con esmero a la denostada profesión de los maestros, ofreciéndoles muchas veces lotes de libros gratuitamente y favoreciendo el asociacionismo, pues creó la Asociación Nacional del Magisterio Español y organizó la Asamblea Nacional de Maestros. Supo también adoptar una moderna visión empresarial que le permitió crear una de las editoriales más importantes de España en número de publicaciones y ventas. Fue así como logró su propósito de hacer llegar el placer de la lectura y el conocimiento a un público cada vez más amplio.

Para entender su aportación a la sociedad, es necesario retratar cómo era España cuando Saturnino Calleja fundó su editorial en 1876. Llegaban aires de modernidad a una España sumida en la pobreza y el analfabetismo. En 1877 llegó el teléfono[1]. Sin embargo, tras siglos descubierta, la tecnología de la imprenta apenas se había aprovechado, pues solo el 30% de la población, de 10 o más años, había sido alfabetizada, con una tasa muy superior para los hombres (43,28%) frente a la de las mujeres (17,73%)[2]. Por aquel entonces la vida de los niños y adolescentes era muy diferente según su extracto social y el lugar donde vivían, pues muchos se incorporaban al mercado de trabajo con apenas diez años e incluso antes, dejando la escuela para realizar labores agrícolas, trabajar en las industrias pesqueras o textiles, en las fábricas y en las minas, o ayudando en las tareas del hogar[3]. Hubo que esperar hasta 1882 para poder leer en Madrid a la luz de una bombilla y hasta 1897 para ver la primera película completamente española, un cortometraje de apenas un minuto titulado Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza, del aragonés Eduardo Jimeno Correas. La religión tenía un peso enorme en la educación de los niños y las niñas, determinando sus roles sociales y nivel educativo. 

En este contexto, la labor de Saturnino Calleja y la de otros grandes pedagogos y editores de la época, como Victoriano Hernández, Antonio Bastinos, Miguel Porcel o Ramón Sopena, cobra una importancia mayúscula, al ofrecer textos escolares y lecturas atractivas como recursos imprescindibles para elevar el nivel de conocimiento de la sociedad hispanohablante en su conjunto.

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Fig. 1. Portada de la edición de El Quijote microscópico (1902) 

Haciendo suya la máxima de Horacio de “instruir deleitando”[4], Saturnino Calleja basa su proyecto editorial en una sabia combinación de iniciativas empresariales y visión pedagógica dirigida a alcanzar al mayor número de lectores a través de diversas iniciativas. Por un lado, amplió el número de tiradas reduciendo el coste de los libros, lo cual, junto con el diminuto tamaño de algunos de ellos, transformó los cuentos en verdaderos “juguetes instructivos”, que podían hacer el disfrute de los niños desde los 5 centavos cada uno. Por otro, dio a conocer la calidad de su empresa mediante curiosas ediciones, como el Quijote microscópico (Fig.1), una edición ilustrada de 650 páginas con un tamaño de 10 cm x 7 cm, publicada en 1902, o su famoso Quijote Rosa (Fig. 2), una bella edición limitada y personalizada de El Quijote en papel salmón que regaló a 187 personalidades de la época en 1905[5]

Imagen de la pantalla de un celular con letras

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Fig.2. Dos páginas de la edición de El Quijote rosa (1905)

Su labor como modernizador de la pedagogía de la lectura es reconocible desde los primeros niveles de enseñanza, como muestra su abecedario iconográfico, en el que hace uso de la imagen y el texto para interpelar al niño en un juego de pregunta y respuesta que ayudará a fijar la grafía con su sonido en la mente infantil: “Esta letra se llama le. Es una niña alta que lee. ¿Qué hace esta letra alta?” (Fig.3). Desde estos primeros pasos, la búsqueda de historias atractivas e instructivas le lleva a conocer a los mejores escritores de literatura infantil y juvenil de la época, entre los que se encuentran el italiano Emilio Salgari (1862-1911) (Fig. 4) y la escritora británica Edith Nesbit (1858-1924) (Fig.5). Muy popular fue también el personaje de Pinocho (1917-1928) de Salvador Bartolozzi (1882-1950), el cual corrió innumerables aventuras por todo el globo y más allá, llegando a la luna antes que Tintín.

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Fig. 3. La letra "l" del Abecedario iconográfico de Saturnino Calleja

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Fig. 4. Los bandidos del Rif y La  perla del río Rojo (1907-18?), de Emilio Salgari con ilustraciones de Rafael de Penagos (1889-1954)

En 1915, tras la muerte de Saturnino Calleja, sus hijos Rafael y Saturnino toman el relevo y nombran director artístico de la editorial a Salvador Bartolozzi, inaugurando así una segunda etapa. Al año siguiente, Juan Ramón Jiménez será el director literario de nuevas ediciones y tendrá su propia colección en la editorial, “Obras de Juan Ramón Jiménez”, dentro de la cual aparecerá la primera edición completa de Platero y yo (1917), ilustrada por Fernando Marco (1885-1965), otro de los maravillosos ilustradores de la editorial. A su esposa Zenobia Camprubí se le encarga la traducción del inglés de quince cuentos.


Fig. 5. Pensión para princesas reales (1919). Cuentos de Calleja en colores. Quinta Serie. Adaptación del cuento de Edith Nesbit "Fortunatus Rex & Co.". Ilustraciones de Fernando Marco 

Es probable, aunque no se ha podido constatar al no hallarse un contrato que lo avale, que Zenobia pudiera ser la encargada de traducir del inglés los cuentos de la colección Plaga de dragones (1923)[6] (Fig. 6). Este volumen es una colección de dieciséis cuentos, de los cuales todos salvo el segundo –que es un cuento anónimo español–, son adaptaciones de los cuentos originales de la autora británica Edith Nesbit (Fig.7), que ya había sido publicada por Calleja pero que no recibe ningún crédito en esta ocasión. Esta colección es la base del proyecto Calleja Interactivo/Interactive Calleja, llevado a cabo por los grupos de investigación ATLAS (UNED) y LEETHI (UCM), y que consta de una edición digital enriquecida en tres versiones (español, inglés y bilingüe), con la narración dramatizada en ambos idiomas y una serie de anotaciones para facilitar la comprensión del texto y animar a la lectura. Esta colección de cuentos de Edith Nesbit llamó nuestra atención por su frescura e ironía, lo que les hacía los candidatos perfectos para acercar a las nuevas generaciones las lecturas de los niños de hace cien años.

Texto

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Fig. 6. Portada y primera página de Plaga de dragones (edición de 1935)

Foto en blanco y negro de un joven con cabello largo

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Fig. 7. Fotografía de Edith Nesbit

Pero antes debemos agradecer la labor de selección de los bibliotecarios de la Biblioteca Nacional de España, que digitalizaron esta colección de cuentos y por ende los rescataron, y también a la editorial Calleja, que fue la primera encargada en dar a conocer al público español el talento singular de Edith Nesbit[7]. Esta mujer precursora y polifacética narradora, poeta y activista política fue también miembro fundador de la Sociedad Fabiana, que más tarde se convertiría en la base del Partido Laborista británico. Pionera de la narración literaria infantil moderna, sus obras abordan la infancia sin condescendencia, haciendo uso de una fina ironía y de una mezcla inconfundible de cotidianeidad y fantasía que hizo las delicias del público infantil y también del adulto, que supo reconocer las alusiones a los temas complejos que subyacían en sus narraciones: las relaciones de género y clase social, la ecología y el capitalismo y la educación como herramienta esencial para el progreso social. Sus cuentos son un buen ejemplo de cómo la lectura puede convertirse en una herramienta pedagógica transversal para transmitir enseñanzas de diversas disciplinas, como la historia, la biología ¡y hasta las matemáticas! (os animamos a leer Plaga de dragones en este enlace[8]).

La editorial Calleja editó ocho libros recopilatorios y veinticinco cuentos sueltos de Nesbit, algunos de ellos en formatos muy innovadores, como los tomos apaisados  de la 5ª serie de la colección Cuentos de Calleja en Colores (1919), a la que pertenece Pensión para princesas reales. Este cuento, protagonizado por una maestra-maga, un rey especulador y siete princesas convertidas en manzanas, está basado en el relato “Fortunatus Rex & Co.” y fue publicado originalmente en su colección Nine Unlikely Tales (1901) (trad. “Nueve cuentos improbables”). El ilustrador es Fernando Marco, un historietista valenciano famoso por crear el primer corto de animación de la historia de España, El toro fenómeno (1917), que fue estrenado también en 1919.

El catálogo de la Editorial Calleja contenía una gran variedad de ediciones y encuadernaciones, desde las más lujosas de la Colección Perla (en la que se publicaron tres volúmenes de cuentos de la autora británica titulados todos ellos Cuentos de Nesbit y que se vendían por 12 pesetas), a las más económicas de la serie “Juguetes instructivos”, de un tamaño diminuto de 5 cm x 7 cm, que contenían adivinanzas, chistes, biografías de hombres sabios y famosos, además de breves cuentos bellamente ilustrados. A menudo no se menciona el nombre del autor o de la autora de los cuentos, que en ocasiones eran del puño y letra del propio Saturnino, como revela el título del cuento “El león en Quintanadueñas” (Fig. 8), pueblecito burgalés de donde proviene la familia Calleja.

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Fig. 8. Portada del cuento "El león en Quintanadueñas", serie juguetes instructivos, serie IV, tomo 77[9]

Este cuento fue el escogido por Antonio Mingote para homenajear al ilustre editor, pedagogo, escritor y traductor. El autorretrato de Mingote leyendo los pequeños cuentos de Calleja iba a ser la portada de un volumen inédito dedicado a los ilustradores de la Editorial Calleja[10] (Fig. 9).