El papel de la lectura en el aprendizaje de otras lenguas

Elena Bárcena, Timothy Read y Luis Gil - UNED

Las personas somos comunicadores eminentemente orales. Aprendemos la lengua materna en nuestra primera infancia escuchando a las personas de nuestro entorno e interaccionando verbalmente con ellas. Además, a pesar de que la comunicación por ordenador es aún predominantemente escrita y del prestigio y el carácter vinculante de la letra escrita en general, fuentes expertas afirman que el adulto medio actual habla mucho más que escribe[1], si bien las cifras dependen de factores como la ocupación del hablante, el tipo de acto comunicativo o los hábitos personales. En la misma línea, nuestro principal propósito para aprender idiomas distintos al nuestro es interaccionar oralmente con personas de otras sociedades y culturas.

La necesidad de comunicarnos con otros pueblos ha existido siempre tras dominaciones, con fines comerciales, etc. Además, cada sociedad ha ido experimentando a lo largo de la Historia la necesidad de acceder al conocimiento y los avances científicos y técnicos que iban surgiendo en otras lenguas, algunas de las cuales llegaban a destacar notablemente sobre las demás, adquiriendo prestigio internacional. El papel desempeñado por los traductores-intérpretes, sobre todo en los primeros tiempos, fue crucial y mostró el valor de dominar otros idiomas además del propio.

Los primeros esfuerzos destacables en la enseñanza de segundas lenguas llegaron con el Humanismo en los siglos XV y XVI. Se centraban en las lenguas clásicas, como el latín y el griego, en las que estaba escrita una gran parte del tesoro de conocimiento de la Antigüedad, que les otorgó un estatus prominente de erudición y autoridad. Estas enseñanzas se basaban en la memorización de gramáticas formales y la lectura y el estudio de obras clásicas de referencia. El carácter textual, formalista y prescriptivista de estas enseñanzas tuvo como resultado un éxito desigual, apreciable solo en los entornos educativos más eruditos.

Los tres siglos siguientes fueron innovadores. El Realismo Pedagógico del siglo XVII se distanció del texto y el esfuerzo de memorización, y se centró en el razonamiento y el activismo a través de la práctica pautada y nivelada, y la experimentación o utilización práctica de lo aprendido. Durante la Ilustración, la enseñanza de lenguas extranjeras modernas entró por primera vez en el currículo académico, aunque los procedimientos seguían siendo similares a los empleados para el latín y los profesores seguían adoleciendo de falta de preparación pedagógica. Destacó en esta época la propuesta del ilustrado padre Sarmiento (1695-1772)[2], consistente en que la enseñanza de la lectura se realizara simultáneamente con la de la escritura y la enseñanza de la lengua nativa precediera a la de la lengua extranjera. También surgió a mediados del siglo XVIII el primer método de enseñanza profesional de lenguas extranjeras, que se desarrollaría plenamente en el siglo XIX. El peso de la tradición, que dio nombre a dicho método, era patente, ya que su objetivo consistía en capacitar a los aprendices para la lectura y el análisis de la lengua en cuestión. Se basaba en la memorización de reglas morfosintácticas, el análisis contrastivo y la traducción de textos y la corrección sistemática de errores. Comprensiblemente, el método resultó deficiente en su conjunto y fue gradualmente sustituido por otros nuevos.

La revolución metodológica en materia de enseñanza de lenguas extranjeras llegó en el siglo XX, tras la constatación de que aprender una segunda lengua es un proceso bastante difícil y poco intuitivo, a no ser que haya un gran parecido entre esta y la lengua materna. Los maestros y pedagogos se esforzaron durante décadas por desarrollar métodos eficaces para enseñar otras lenguas y compensar la reducción progresiva de la plasticidad neuronal a lo largo de la vida, la habitual falta de modelos y oportunidades de práctica de la segunda lengua, etc.

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Portada y dos páginas interiores de un popular método de inglés de primer grado publicado en 1944 por la editorial Edelvives. En la portada, profusamenete decorada, hay un colegial leyendo un libro con el Puente de Londres de fondo. En las páginas interiores, correspondientes a la lección 16, se muestra una lectura en la que se enseña a rezar en inglés y a continuación, hay una serie de ejercicios de vocabulario y gramática a partir de ella. 

Los métodos de este siglo se caracterizaron por prestar una atención creciente a la producción y la interacción interpersonal y, específicamente, la expresión oral (verbal y no verbal), y por concebir el acto comunicativo en su preciso contexto externo (la situación en que tiene lugar) e interno (la intencionalidad del hablante). Se trataba también de una enseñanza paulatinamente apartada de los sesgos y condicionantes clásicos, más descriptiva que prescriptiva, donde la premisa prioritaria de la corrección fue sustituida por la de la adecuación.

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Dos portadas de sendos libros de texto de inglés como lengua extranjera, uno de 1919 y el otro de 2012: la de la izquierda muestra unos jóvenes ingleses vestidos con el uniforme de los boy scouts, colaborando en actividades propias de este movimiento educativo. La de la derecha es una portada de un rascacielos. Ambas representan el reclamo de la sociedad española para el aprendizaje del inglés en cada momento: en el caso del primer libro, la adquisición de los valores de los boy scouts y, en el del segundo, el éxito profesional y económico. 

Dicho esto, la lectura, actividad eminentemente individual, receptiva y propia del canal escrito, se mantuvo en el tiempo por su incuestionable valor formativo tanto para el desarrollo de las capacidades lingüístico-comunicativas del sujeto como para su desarrollo intelectual integral y por ser el vehículo por antonomasia para acceder al acervo de cultura y conocimiento de la Humanidad. Así pues, a lo largo del siglo XX, a la par que mejoraba la usabilidad de los textos con una mayor atención al formato, ilustraciones, etc., surgieron métodos de corte conductista, basados en los principios de imitación y reforzamiento, que graduaban y secuenciaban los contenidos léxicos y gramaticales.